Los hombres de ahí abajo

En los últimos días han circulado vídeos en los que se ve a grupos de personas entrando y saliendo de alcantarillas en Nueva York, de noche, con linternas, botas altas y herramientas. No una persona despistada que se ha equivocado de puerta, sino grupos de siete u ocho adultos levantando tapas de registro, bajando al subsuelo y reapareciendo horas después cubiertos de suciedad, como si acabaran de volver de una misión secreta bajo Manhattan.
La escena, reconozcámoslo, capta la atención. En cuanto aparece un grupo de personas saliendo de una alcantarilla, el cerebro humano hace lo que mejor sabe hacer cuando no tiene datos suficientes: rellenar huecos. Y si puede rellenarlos con túneles secretos, bandas organizadas, operaciones clandestinas o mutantes expertos en artes marciales con caparazón y antifaz, pues tampoco se va a cortar. Para eso hemos venido.
La historia empezó a circular con fuerza después de que varias cámaras de seguridad grabaran escenas parecidas en Brooklyn y Queens. En Williamsburg, un grupo de unas siete personas fue captado saliendo por una tapa de registro en mitad de una intersección, a primera hora de la madrugada, mientras pasaban coches alrededor. Algunos llevaban linternas frontales y lo que parecían herramientas. En Gravesend, otro grupo fue visto saliendo de una alcantarilla alrededor de las dos de la mañana, después de haber permanecido bajo tierra unas tres horas. Al salir, se dirigieron a unos coches aparcados y se cambiaron de ropa. Y en Astoria, Queens, ya el 5 de mayo, tres personas con botas impermeables altas y equipo de protección habían sido grabadas abriendo una tapa, bajando al sistema de alcantarillado y cerrando después desde dentro.
Visto así, la escena es bastante rara. Rara de verdad. La Policía de Nueva York no se lo tomó a broma. Según los medios locales, el NYPD envió a su unidad de servicios de emergencia a inspeccionar las zonas afectadas. También participó el Departamento de Protección Medioambiental de la ciudad, que gestiona el sistema. La idea era comprobar si aquellas personas habían dejado algo peligroso, si había daños en la infraestructura o si existía algún riesgo para la población. El resultado, de momento, fue bastante menos cinematográfico: no se encontró nada sospechoso, no se detectaron daños relevantes en las alcantarillas inspeccionadas y no hay constancia de heridos ni de detenidos.
Esto no significa que todo esté perfectamente explicado. La investigación sigue abierta y, hasta donde se sabe, no se ha identificado oficialmente a los protagonistas de los vídeos ni se ha confirmado por qué estaban ahí abajo. Pero sí significa algo importante: las autoridades han mirado donde había que mirar y, por ahora, no han encontrado pruebas de sabotaje, terrorismo, túneles secretos ni actividad criminal de alto nivel. La realidad, como tantas veces, parece estar bastante más cerca del barro que del misterio.
La hipótesis principal que manejan algunas fuentes policiales es que se trate de personas buscando objetos de valor dentro del sistema de alcantarillado. Dicho así suena raro, pero no es tan absurdo como parece. A las alcantarillas de una gran ciudad no solo llega agua sucia. También terminan allí monedas, joyas, relojes, teléfonos, carteras, piezas metálicas y todo tipo de objetos arrastrados por la lluvia, perdidos por accidente o tragados por las rejillas de la calle. Nueva York no es precisamente un pueblo tranquilo con tres sumideros y una fuente en la plaza. Es una ciudad gigantesca, con una red subterránea enorme y millones de personas perdiendo cosas todos los días.
¿Compensa jugarse el cuello bajando ahí abajo para recuperar metales, joyas o chatarra? Para la mayoría de nosotros, claramente no. Pero el mundo está lleno de actividades que parecen absurdas desde fuera y que, para quien las practica, tienen una lógica económica, una lógica de aventura o una mezcla bastante poco recomendable de ambas. También existe la exploración urbana, esa afición por entrar en túneles, edificios abandonados, estaciones cerradas y lugares donde un cartel de “prohibido el paso” funciona para algunos como una invitación escrita en letras luminosas.
Y aquí conviene hacer una pausa, porque las alcantarillas no son un decorado. No son un pasadizo misterioso de videojuego. Son espacios confinados, peligrosos, con gases tóxicos, riesgo de inundación repentina, superficies inestables, falta de oxígeno y una lista de formas de morir que no queda bien en un folleto turístico. El propio Departamento de Protección Medioambiental recordó que entrar en tuberías, drenajes, sumideros o tapas de registro es ilegal y extremadamente peligroso. No es una exageración burocrática. En mayo, una mujer murió en Manhattan tras caer por una tapa de registro abierta. Las tapas de alcantarilla pesan, los coches pasan, el agua sube, los gases no avisan y el cuerpo humano tiene la desagradable costumbre de no ser inmune a casi nada de eso.
Lo interesante de este caso no es solo lo que pasó bajo tierra, sino lo que pasó encima, en las redes. Un vídeo breve, nocturno y sin contexto se conviertió en una máquina perfecta de producir teorías. Alguien ve personas saliendo de una alcantarilla y la imaginación se dispara. “Seguro que hay una red de túneles”. “Seguro que están planeando algo”. “Seguro que ocultan algo”. La palabra “seguro” aparece muy pronto cuando, en realidad, los vídeos no aseguran nada.
Este es un patrón muy común. Primero aparece una imagen desconcertante. Después se le añade una narrativa. Luego esa narrativa empieza a circular como si fuese parte de la imagen original. Y al cabo de unas horas ya no estamos hablando de siete personas con botas saliendo de una tapa de registro, sino de un “misterio en el subsuelo de Nueva York”. El envoltorio cambia la percepción. No es lo mismo decir “la policía investiga a unos posibles exploradores urbanos o buscadores de objetos” que decir “grupos misteriosos emergen de las alcantarillas de Nueva York”. Lo segundo vende mejor. También alimenta mejor el motorcito de nuestra cabeza que busca patrones hasta en las manchas de humedad.
La investigación no está cerrada. Nadie serio debería decir “caso resuelto” cuando aún no se ha identificado a los implicados ni se conoce su motivación exacta. Pero tampoco hay que confundir prudencia con barra libre para la fantasía. No saber todavía por qué alguien hizo algo no nos autoriza a colocar encima la explicación que más nos divierta. La ignorancia es un punto de partida, no una licencia de obras para construir castillos.