Raymond Rogers y la Sábana Santa (y IV). Divinas palabras.

 

En la obra de teatro Divinas palabras de Valle-Inclán, una tropa asilvestrada de lugareños trata de linchar a la mujer del sacristán, a la que han sorprendido en flagrante adulterio. El marido, que la ha perdonado, intenta aplacar a la chusma recitándoles el pasaje de la adúltera de los evangelios, pero los beodos se ríen de él y se arman de piedras para lapidar a su mujer. La cosa se pone fea. En ese momento el sacristán vuelve a la carga con una Biblia y recita el mismo pasaje, pero en latín. Los otros se quedan patidifusos, se quitan el gorro y se arrodillan con reverencia. La adúltera se ha salvado. Divinas palabras. En latín, claro.

 

Si a uno le dicen que una mancha de color que se ve en la foto de un tejido implica que hay un remiendo, puede mostrarse escéptico. Pero si de lo que se trata es de una fotografía de fluorescencia ultravioleta o de de rayos X de alta resolución y baja energía o algo así (2002: 22), amigo, la cosa cambia. Uno se saca la gorra y se inclina respetuosamente. Sin embargo es lo mismo. En los dos casos lo que se ha hecho es observar una foto y afirmar que “algo” se ve en ella. Y tiene su cosa que quién afirma que él ve “algo” en las fotos es el mismo que unas páginas más arriba del mismo artículo critica cáusticamente el método de “ver cosas” en fotografías. Raymond Rogers. Pero, claro, las suyas no son fotografías cualesquiera. Son supercalifragilisticoespialidosas.

En realidad, en el caso de que Rogers fuera capaz de diferenciar lo de ver una cosa en fotografías de uno u otro tipo (diferencia que Flury-Lemberg ponía en duda), los que leemos estas cosas, en un 99% de los casos, sabemos más bien poco acerca de imágenes de rayos X de baja energía con alta resolución. Seamos sinceros, de la mayoría de términos técnicos que se utilizan como pruebas irrefutables en las polémicas intersindonistas, no tenemos más idea de lo que dice Wikipedia o similar. Y los “sindonólogos” tampoco, puesto que son en su mayoría médicos, abogados, pastores episcopalianos, químicos hablando de geología, geólogos hablando de historia, etc.,    Tenemos aquí una explicación entre otras de por qué, desdeñando lo sencillo, los sindonistas se lanzan a investigaciones complejas -a veces costosas-, que en el mejor de los casos no demuestran nada y en el peor son castillos de arena. La fascinación por la terminología científica y los aparatos complejos (“divinas palabras”) echa un manto sobre cuestiones elementales que dependen de una lógica precientífica. No voy a utilizar el término sentido común, que lleva a numerosos malentendidos. Con razón dice Dawkins que la ciencia es contraintuitiva. (2000: 195) Pero eso no es incompatible con el hecho de que toda ciencia debe respetar una serie de reglas sencillas de lógica y metodología, comunes a cualquier tipo de pensamiento, científico o no. Porque la más complicada de las elucubraciones fracasa si contraviene el principio de identidad o cae en falacias de tipo elemental. Y Raymond Rogers, pese a su pretensión de ser el más cientificista de los “sindonólogos” cometió unas cuantas.

 

  1. No garantizó la autenticidad de los fenómenos sobre los que trabajaba. Un científico no puede funcionar sobre la base de presuposiciones acerca de los hechos que investiga. Rogers debió asegurarse de que las muestras que tenía eran seguras. Todavía más, cuando surgieron dudas sobre ellas. Un científico no puede decir: “A menos que él [Gonella] mienta otra vez [mis muestras son auténticas]”. (2005b: 1) Esto es una frivolidad inaudita. Debió ser él mismo el que hiciera una sencilla comprobación del origen de las muestras recabando la ratificación del testimonio de Gonella y asegurándose la trazabilidad de su recorrido. Y si no podía hacerlo, debió abandonar la investigación.
  2. Debió contrastar exhaustivamente sus pruebas con algunos datos que las contradecían de manera clara. Por ejemplo, las microfotografías tomadas por STURP que no presentaban ninguna anomalía en la zona.
  3. Debió contrastar sus afirmaciones con bibliografía especializada, no con artículos de otros creyentes como él. No sólo es que no existía bibliografía acerca del fabuloso remiendo imposible, sino que alguna de sus argumentaciones contradice lo que se puede leer en cualquier manual. Una de las supuestas pruebas de que la muestra de la datación es moderna, según Rogers, es que contiene algodón. Y, según él, el algodón solo se fabricó en Europa a partir del siglo XIV. Si hubiera consultado una bibliografía adecuada se hubiera enterado de que tejidos de algodón ya se manufacturaban en Sicilia y España mucho antes y de que el comercio con países que tejían telas de algodón es muy anterior al siglo XIII, por lo que la existencia de hebras de algodón entre las de lino nada podía decir acerca de su datación ante quem ni post quem.
  4. Debió cuantificar y precisar sus hipótesis. La ciencia fáctica ha basado su impulso en la precisión en las medidas y cuantificaciones. Resulta inadmisible que se hable de “evidencias” a favor de un remiendo invisible sin decir jamás cuál es su extensión exacta.
  5. No se puede dar apoyo a una teoría sin revisar la coherencia de le misma. Rogers respaldó una, la del remiendo invisible de Benford y Marino, sin hacer la más mínima observación crítica de las numerosas incongruencias en que estos incurrían en sus escritos. Debió haberse preguntado, por ejemplo, cómo era posible que algunos de los testimonios expertos aducidos por ellos declaraban ver fácilmente el remiendo y otros decían que era imposible verlo.
  6. Debió testar ampliamente su método de datación por la vanilina antes de convertirlo en una contraprueba de la datación por radiocarbono. Debió de preguntarse cómo es posible que nadie antes que él hubiera utilizado este método y, en consecuencia, trabajar con numerosas muestras de diversas edades y circunstancias y publicar sus resultados para asegurarse de que podía oponerlo en igualdad de condiciones a algo tan importante como la ausencia de datos empíricos sobre cualquier tipo de remiendo. En ciencia no todos los métodos de confirmación o refutación tienen el mismo peso. Rogers equiparó lo inseguro a lo cierto.
  7. Por todo lo dicho, y algunas cosas más que me dejo, da la impresión de que, pese declararse incrédulo inicial respecto a la tesis del remiendo invisible, tenía demasiadas ganas de que resultara cierta. Debió ser incrédulo con su propia incredulidad. El sometimiento a duda radical de las propias creencias es un criterio metodológico esencial de la ciencia, ya desde la época de Descartes, no una cuestión de talante más o menos firme que se pueda constatar con las propias declaraciones de intención. Porque esas declaraciones, desprovistas del rigor metodológico, suenan a simples justificaciones.

 

 

En suma, Rogers, deslumbrado por un cientificismo acrítico, cayó en el vicio más común de los “sindonólogos”, magnificar todo lo que sonaba bien y podía corroborar sus hipótesis y minusvalorar pruebas a contrario contundentes. Mucho antes de que Popper insistiera en la falsación de las teorías, los científicos consecuentes sabían que al poner a prueba sus hipótesis debían tener en cuenta las teorías alternativas y considerar si estas pueden dar una explicación de los mismos fenómenos de manera más segura. Así que, desenfundando con demasiada precipitación, el Jinete Solitario de la “sindonología” acabó disparándose en su propio  pie. No puede extrañar que Monseñor Ghiberti, presidente de la Comisión Diocesana de la Sindone, exclamara: “Me asombra que un experto como Rogers pueda caer en tantos errores”. (Marino & Prior: 2008: 21) Creo haber dado una serie de razones para explicar cómo pudo ocurrir tan lamentable acontecimiento.

 

Mientras tanto, los visitantes que acudan a la exposición de Málaga que tiene lugar estos días transitarán admirados entre fraseología pseudocientífica, fotografías “ultravioleta” y aparatos “sofisticados” de 3D. Se quitarán la gorra y encontrarán una razón más para creer en lo que ya creen, aunque no hayan entendido nada de nada. Así funciona la “sindonología”. Así es la fe del siglo XXI.

 

Saludos a todos y todas.

David Mo.

 

 

 Referencias.

 

Antonacci, Mark et allia: Private Internet Debate Challenges Ray Rogers’ Thermochimica Acta Paper, 2005. http://www.shroud.com/pdfs/debate.pdf.

Benford, Sue y Marino, Joe: “Textile Evidence Supports Skewed Radiocarbon Date of Shroud of Turin”, 2002. http://www.shroud.com/pdfs/textevid.pdf

Bunge, Mario: “¿Qué es la ciencia?”, en La ciencia. Su método y su filosofía, Buenos Aires, Ed. Siglo Veinte, 1978.

Dawkins, Richard: Destejiendo el arco iris, Barcelona, Tusquets, 2000.

Flury-Lemberg, Mechthild: “The Invisible Mending of the Shroud, the Theory and the Reality”. (2007), http://www.shroud.com/pdfs/n65part5.pdf.

Lombatti, Antonio: “Indagine critica degli studi recenti sulla Sindone di Torino”, Scienza & Paranormale N. 62, 2005, http://www.cicap.org/new/articolo.php?id=102011

Marino, Joseph G. y Prior, Edwin J.: “Chronological History of the Evidence for the Anomalous Nature of the C-14 Sample Area of the Shroud of Turin”, 2008, http://www.shroud.com/pdfs/chronology.pdf .

Rogers, Ray; Arnoldi, Anna: “Scientific Method Applied to the Shroud of Turin”, 2002, http://www.shroud.com/pdfs/rogers2.pdf .

Rogers, Raymond: “Ghiberti’s pronouncement of my analises”,  2005b, http://www.shroud.it/ROGERS-5.PDF .

Rogers, Raymond: “Studies on the radiocarbon sample from the Shroud of Turin”, Thermochimica Acta, 425 (2005) 189–194, http://www.shroud.it/ROGERS-3.PDF .

Wilson, Ian: “An Appraisal of the Mistakes Made Regarding the Shroud Samples Taken in 1988 – and a Suggested Way of Putting These Behind Us”, 1999, http://www.shroud.com/wilson.htm

Without a Trace: Web de la empresa: http://www.withoutatrace.com/reweaving.html, http://www.thefrenchreweavers.com/. (Consultado: 06/03/2012 9:07)

 

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Raymond Rogers y la Sábana Santa (III). Flury-Lemberg vs. Ehrlich, KO en el primer asalto.

Se suele decir que en ciencia los argumentos de autoridad no tienen mucho peso. Es cierto cuando hablamos de la investigación científica. Al menos en teoría, si uno es un becario que está investigando sobre las células cancerosas, hará bien en no tomarse como palabra revelada las afirmaciones de su Jefe de Departamento. Al menos en teoría. Pero en el mundillo del periodismo de divulgación, y en el apartado específico de la crítica a las pseudociencias, no siempre es posible atenerse a tan loable principio. Como no somos expertos en todo, ante dos afirmaciones contradictorias a veces no tenemos más remedio que conceder credibilidad a una de ellas porque su defensor tiene “más autoridad”. Las publicaciones, los cargos académicos, el prestigio entre colegas, etc., son signos acumulativos de la autoridad de un experto. También el hecho de que su afirmación se centre en el ámbito propio de sus competencias y otros criterios similares. Que sea un químico que escribe de química en revistas de química. Y no un químico que escribe de tejidos en una revista de física. Por poner un caso.

Sue Benford y Joe Marino

De acuerdo con estos criterios estándar, la comparación entre la Sra. Flury-Lemberg y el Sr. Ehrlich no se mantiene. Flury-Lemberg tiene un curriculum académico impecable, y publicaciones específicas sobre el tema de la conservación de tejidos. El Sr. Ehrlich no puede aportar a su favor más que su experiencia como presidente de una compañía de reparaciones textiles.

Si nos atenemos a otro criterio, la independencia, tampoco el Sr. Ehrlich sale muy bien parado. Mientras que Flury-Lemberg no tiene ningún interés en admitir o negar la existencia de remiendos invisibles, al industrial norteamericano le va en ello su competencia profesional. No podemos alegar razones de tipo ideológico, puesto que la doctora suiza es una declarada sindonista, en muy buenas relaciones con el Vaticano y cercana a los medios del núcleo “sindonológico”. No nos hallamos ante una peligrosa escéptica o algo semejante.

Se me dirá, con razón, que nada de esto es concluyente. A lo sumo da ventaja a los puntos a la Sra. Flury-Lemberg, pero el combate no se puede dar por acabado. Lo concedo, pero sigamos viendo como se desarrolla la cosa.

Dice Mario Bunge en su libro La ciencia, su método y su filosofía que “todo trabajo de investigación se funda sobre el conocimiento anterior, y en particular sobre las conjeturas mejor confirmadas” (1978: 25). En efecto, la investigación de la ciencia es cada vez más colectiva. Siempre fue un trabajo de una comunidad, pero en la actualidad los científicos que trabajan con cierto aislamiento son cada vez más raros. Todo es trabajo en equipo y todo se basa en lo que se ha hecho anteriormente. Pero la “sindonología” no es una ciencia como las demás, si es que es una ciencia en algún sentido de la palabra. Con frecuencia los “sindonólogos” se descuelgan con descubrimientos sensacionales, que habrían de conmover las bases de la ciencia o la historia, partiendo de sus propias intuiciones y metodologías nunca utilizadas por nadie antes ni después. Tal ocurre, muy especialmente, en el caso del remiendo invisible. Porque una de las cosas más sorprendentes es que esa asombrosa capacidad de los artesanos renacentistas para hacer remiendos absolutamente invisibles no figura en ningún libro de historia, nadie la ha investigado antes, no existe bibliografía sobre ella. Entendámonos bien, existen libros que hablan de la capacidad de hacer remiendos en tapicerías o similares que no son detectables a simple vista por observadores no expertos. La expresión “hacer invisible” es utilizada por los restauradores en este sentido. Pero estamos hablando de un remiendo absolutamente invisible efectuado sobre un tejido liviano. Hablamos de un entrelazamiento de fibras (al parecer hecho con los dedos o agujas), que escapa a la mirada atenta de expertos, microfotografías, microscopios y cualquier método con el que habitualmente se detecta fácilmente este tipo de reparaciones. Y como base para tan fabulosa capacidad tenemos una expresiva, pero poco concreta, exclamación de un experto (“eran como magos”), y un par de párrafos de una carta de un empresario.

Pero tenemos otro método de contrastar las afirmaciones del Sr. Ehrlich. En la página web de su empresa, Without A Trace, encontramos algunos datos muy interesantes. Nos enteramos allí de que el remiendo francés se hace sólo para agujeros de menos de un cm. de diámetro. Que sólo sirve para tejidos gruesos, como tapicerías, alfombras, abrigos, etc. Que se efectúa entrelazando las hebras del borde del orificio con otras hebras procedentes del mismo tejido.

 

Hagamos lo que no hace habitualmente un “sindonólogo”: parémonos a pensar.

 

 

Si el remiendo francés sólo sirve para agujeros menores de un cm. no pudo servir para tapar la muestra de la datación, que era mayor de 1×7 cm. Si el remiendo francés sólo sirve para tejidos gruesos (como había advertido Flury-Lemberg), no sirve para el tejido de lino del lienzo de Turín. Y si se hace con hilos del mismo tejido, no pudo existir una mezcla de tejidos de época diferente que diera como resultado el siglo XIV. Y si, para colmo, echamos un vistazo a las imágenes que nos propone la empresa Without A Trace del fabuloso “French Weaving”, veremos que sus remiendos son de todo menos invisibles.

KO en el primer asalto. A estas alturas podemos decir que la teoría del remiendo invisible se ha desvanecido como un fantasma. Nadie en su sano juicio mantendría una hipótesis con más agujeros que la Sábana Santa. Pero los “sindonólogos” no son como los demás. Ignoran tranquilamente los obstáculos insalvables, las contradicciones y las inconsecuencias y siguen a lo suyo. Son como el boxeador sonado que sigue boxeando él solo después de haber perdido el combate por KO.

¿Tiene algún sentido seguir a los sindonistas en sus manotazos al aire? ¿No podemos declarar acabada esta cuestión y pasar a otra cosa? Lo comprendo. Es lógico estar cansado de tanta macana. Pero creo que lo mismo que de la investigación sobre el  boxeador sonado se puede sacar interesantes conclusiones sobre el funcionamiento del cerebro, también de la observación de los laberintos argumentativos de la “sindonología” podemos extraer interesantes conclusiones acerca de la superstición y sus mecanismos. Yo sigo en ello, pero si me quedo solo lo entenderé.

David Mo.

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Raymond Rogers y la Sábana Santa (II). Un remiendo totalmente invisible.

Por David Mo.

De todas las cosas fascinantes que envuelven la “sindonología”, una de las más asombrosas es cómo se crea la leyenda de una entidad absolutamente invisible y se la convierte en teoría “científica”. No hace falta leer el artículo de Bunge al que hacía referencia en la postal anterior para saber que toda entidad científicamente postulada ha de ser observable o derivarse de fenómenos observables (1978: 23). Pero el Dr. Heimburger, destacado “sindonólogo”, puede afirmar que “nadie ha encontrado ni traza de remiendo en el lienzo, pero eso no quiere decir que no exista” y quedarse tan pancho. (“…nobody ever could find a trace of repair in the Raes/radiocarbon sample. This is true but does not mean that it does not exist”. (Antonacci et allia, 2005: 13). Que alguien que publica en papeles “científicos”, colabora en congresos “sindonológicos” y mantiene un blog que se llama “El sudario y la ciencia” (Le suaire et la science), escriba semejante enormidad es un buen indicio de cómo están las cosas. Porque téngase en cuenta que no estamos hablando de entidades teóricas de difícil localización. No hablamos de partículas subatómicas, campos de fuerza o materia oscura en una galaxia lejana. Hablamos simplemente de un remiendo de tela hecho por manos humanas con hilos corrientes (de lino o algodón) en una tela corriente.

En realidad, los autores que postularon la existencia de un remiendo en la tela creían que era visible y bien visible. La teoría fue lanzada por dos “sindonólogos”, Sue Benford y Joe Marino, para explicar cómo era posible que la datación de carbono 14 hubiera enviado la tela del Santo Sudario a la Edad Media. Armados con fotografías de la muestra de 1988 -no demasiado precisas según lo que se ve en sus artículos-, encontraron algunos expertos e industriales del remiendo que “fácilmente” detectaban zurzidos en la tela. El Dr. Whanger, otro “sindonólogo” experto en ver monedas, flores e inscripciones en el lienzo de Turín, también comunicó que se veía algo que no casaba. Y para colmo, cuando escribieron un e-mail a un experto textil,  Thomas P. Campbell, del Metropolitan Museum, éste les respondió que “los tejedores del Renacimiento eran magos” (2002: 11). Naturalmente, frase tan elíptica se puede entender como a uno o una le dé la gana. Pero Benford y Marino se la tomaron como una prueba i-rre-fu-ta-ble de que en la zona de la que se extrajo la muestra de la datación de carbono 14 había un remiendo, que había pasado desapercibido a los expertos textiles que examinaron microscópicamente durante horas el lugar escogido para el recorte. Aunque el Sr. Campbell fue incapaz de proporcionarles un ejemplo de ese remiendo tan invisible que se ocultaba tan mágicamente a ojos expertos, esto no fue obstáculo para que ellos calcularan, un poco a ojo, por donde iba el zurcido para que los fragmentos que se repartieron a los laboratorios dieran la proporción exacta de tejido antiguo y tejido nuevo que resultara en el siglo XIV. La Fortuna sonríe a los audaces, debieron pensar.

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La cosa no resultó fácilmente tragable, ni siquiera para los propios sindonistas, hasta que entró en liza el Jinete Solitario de la “sindonología”, Raymond Rogers. (Cfr. parte I). En principio desconfiado, según dice él, Rogers realizó una serie de análisis que en una tarde le convencieron de que Benford y Marino tenían razón. Meteórica celeridad para desenfundar la de este hombre. El caso es que, observando con microscopio y haciendo unos cuantos tests, se convenció rápidamente de que la composición de los hilos de la muestra de la datación (o que él decía que eran tales) y los de Raes (o los que llamaba así), eran diferentes de los que había extraído en 1978. Es más, en las fotos ultravioleta que hizo el STURP, se veía claramente que había una zona más oscura aproximadamente en el área de donde se había extraído los fragmentos para la datación de 1988. Benford y Marino tenían razón: allí había un remiendo invisible, que podía escapar incluso a ojos expertos.

La noticia fue aireada por todo lo alto. Y todavía continúa siéndolo. Para los sindonistas de todo pelaje, esta es la prueba científica de que la datación de 1988 no es concluyente: se hizo bien, pero sobre un mal trozo de tela. (Nótese como la “sindonología” trata de salvar las apariencias: sólo los insensatos pueden pensar que tres de los mejores laboratorios del mundo hacen mal una prueba de datación, luego el fallo hay que buscarlo en otra parte, no pensar que no hay ningún fallo). La idea, sin embargo, no fue recibida con el mismo entusiasmo por algunos críticos. Incluso “sindonólogos” reputados como Mark Antonacci o Ian Wilson no la veían nada clara. Aducían estos críticos que un remiendo era incompatible con el  hecho de que en las microfotografías que el STURP había tomado en 1978 no se viera rastro de retoque o con que los análisis de la tela que Gilbert Raes había hecho demostraran su homogeneidad con el resto (contrariamente a lo que sugería Rogers). Pero la teoría del remiendo invisible quedó francamente tocada cuando en 2002 se realizó una restauración de la tela, se levantó por primera vez desde el siglo XVI el forro que cubría la parte posterior y esta se escaneó microscópicamente. Como declaró Mechthild Flury-Lemberg, la restauradora encargada de la faena, allí no había nada. Las manchas que Rogers decía ver en las fotos ultravioleta no eran más que efectos ópticos.

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Pero Benford y Marino no se dieron por vencidos. Poco después de las declaraciones de Flury-Lemberg hicieron público en una conferencia de “sindonología”, un testimonio de nuevo i-rre-fu-ta-ble: las declaraciones de un industrial del remiendo textil, Mr. Ehrlich, que afirmaba tajantemente que la Sra. Flury-Lemberg desconocía una técnica de los tejedores renacentistas que podía hacer absolutamente invisible un remiendo. El “entretejido francés” o “French Weaving”. Naturalmente, en su empresa se hacía. La técnica consiste en extraer hebras de otra parte del tejido e ir entrelazándolas pacientemente con los restos del orificio hasta taparlo. Una técnica bastante cara, dicho sea de paso.

Sin embargo, algún tiempo después, Flury-Lemberg contraatacó. Las afirmaciones de Mr. Ehrlich no eran más que reclamos publicitarios (2007: 3). Si bien en tapicerías o tejidos gruesos es posible hacer una reparación que resulte invisible (al menos por la parte delantera), en tejidos ligeros como el lino tal cosa es imposible. Los dos expertos que analizaron el lienzo en 1988 se habrían apercibido inmediatamente.

En este punto, los sindonistas suelen plantear la cuestión como palabra contra palabra: Ehrlich vs. Flury-Lemberg. Match nulo y puerta abierta a las especulaciones de Rogers. Mala manera de plantear el debate.

NOTA: La bibliografía será añadida tras la última entrega de este serial.

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¿Qué le pasa a la Luna? ¿Por qué ahora tiene forma de U?

luna u

Varios lectores me han preguntado cuál es la causa por la que en estos últimos días la Luna se muestra en cuarto creciente con aspecto de U en vez del típico con forma de D.

Buscando en internet me doy cuenta del porqué de esta preocupación. Varios blogs sensacionalistas de entre los que destaca PlanetaGEA están alertando de este “cambio en la Luna” así como de una ralentización de la rotación de Venus. 

Pero qué es lo que está pasando con las fases de la Luna que tanto está sorprendiendo a los OBSERVADORES, que no es más que la primera, básica y fundamental etapa para aplicar el método científico???

Hace tres lunas, o tres meses, que se observa la luna así. Empieza el creciente en forma de “U” y no de “D”, como era habitual hasta ahora, y conforme pasan los días y aumenta el creciente, es decir, la parte del disco lunar visible iluminada, se va colocando día a día en su posición “normal” (hasta ahora…) de “D” y hasta la luna llena. Es como, efectivamente, si estuviera oscilando a causa de algún “tirón”. En la fase menguante ocurre lo mismo, se va colocando dia a dia en posición de “U” invertida, hasta la luna nueva.

Parece que todo nos lleva o nos indica que hay “algo” que está provocando este cambio en la eliptica de la tierra…y hacia finales de este mes podremos tener una constatación de sí ese algo es un cuerpo planetario que está ralentizando las rotaciones de Venus y La luna, y cambiando la inclinación de la eliptica…

PlanetaGEA 4 de Marzo 2012

Lo que le está pasando a la Luna es que es invierno. En este gráfico se puede ver  cómo varía la inclinación de la Tierra a lo largo del año con respecto al sol. En el verano en el hemisferio norte, los rayos del sol inciden verticalmente sobre esa mitad, y en invierno en cambio, los rayos inciden oblicuamente. Esta es la razón por la que existen las estaciones y por la que los días veraniegos son más largos que sus noches.

Pero tiene una consecuencia más. En verano en el hemisferio norte, la órbita de la Luna se ve tumbada hacia el horizonte, mientras que en invierno la órbita tiene una mayor verticalidad.

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Cuando la Luna está en creciente durante el invierno desplazándose hacia el Oeste, se puede ver esa forma parecida a unos cuernos hacia arriba. Ocurre una o dos veces al año dependiendo de la latitud del observador.

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Los cambios en la velocidad de rotación de Venus, se podrían achacar a la densa atmósfera venusiana, con una presión 90 veces la terrestre y con fuertes vientos, lo que puede hacer cambiar la velocidad de rotación de nuestro vecino planeta. Ocurre también en la Tierra. Los vientos y las mareas pueden hacer cambiar la duración de un día en un milisegundo.

Referencias:

http://www.esa.int/esaMI/Venus_Express/SEM0TLSXXXG_0.html

http://starchild.gsfc.nasa.gov/docs/StarChild/questions/question43.html

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Raymond Rogers y la Sábana Santa (I). El Jinete Solitario de la “Sindonología”

No soy un adicto a los juegos de azar, pero me juego el cuello a que nadie ha oído hablar por ahí de la ciencia llamada “bustodenefertitilogía” o de la “venusdemilología”. No arriesgo mucho, la verdad, porque no existen. No existe una ciencia específica que se encargue de investigar el busto de Nefertiti del museo de Berlín o la Venus de Milo del Louvre. Sin embargo, existe una ciencia única en el mundo, la “sindonología”, que pretende concentrarse en un solo objeto de estudio: la Sindone de Turín, el lienzo que se conserva en la catedral de San Juan Bautista de esta ciudad, en el que figura la doble imagen de Jesucristo.

Los “sindonólogos” no son como los demás historiadores. Sus estudios, en su gran mayoría montados a base de fotografías o relatos ajenos, no suelen publicarse en revistas especializadas de historia. Se pueden contar con los dedos de la mano los que han pasado las barreras de la revisión inter pares. Y los que lo han hecho son anómalos por otro motivo: sus autores raramente son especialistas en la materia sobre la que escriben. En realidad, los “sindonólogos” publican regularmente en blogs y revistas de “sindonología” o religión, se reúnen en congresos de “sindonología” y dejan de considerar a un estudioso como “sindonólogo” en cuanto pone en duda la autenticidad del Santo Sudario. Sin embargo, es raro el artículo de estos “expertos” que no incluye expresiones como “la Ciencia dice”, “según los Científicos”, “se ha publicado en una Revista Científica”… Expresiones muy poco habituales entre los historiadores o arqueólogos que se mueven en el mundo común de la Historia o la Arqueología. Nadie tiene tanta necesidad de reafirmar la cientificidad de su trabajo, si no tiene dudas de que realmente lo sea o se considere así. Pero los “sindonólogos” aman a la Ciencia, la adoran, la idolatran…

¿Pero que entienden los “sindonólogos” por ciencia? Es difícil decirlo. Los “sindonólogos” se proclaman a menudo fanáticos del método científico, pero no dicen lo que entienden por tal. Una excepción es Raymond Rogers. Este celebrado “sindonólogo” era del bando de los cientificistas. Es decir, los que afirman que la Ciencia ha demostrado que la imagen de la sábana es de Jesucristo en persona y que sólo queda demostrar científicamente como se imprimió. Según dijo su colega Barrie Schwortz en un documental dedicado a su memoria, era como una especie de marshall del Lejano Oeste: en cuanto veía la ciencia en peligro sacaba su revolver y disparaba. Un tipo duro, vaya. La lástima es que, leyendo los trabajos de Rogers, uno se da cuenta de que como pistolero Rogers era de la especie dispara primero y pregunta después. Y de que con tal método se cargaba a los buenos más veces que a los malos. Porque ¿hacia dónde disparaba? ¿Qué entendía esta especie de Jinete Solitario por ciencia?

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En “Scientific Method Applied to The Shroud of Turin” Rogers nos dice qué entiende por ciencia. Pero despacha la cosa en menos de una página. Y en menos de una página nos van a quedar muchas cosas sin aclarar. Cualquier manual sobre metodología científica suele tener unos cientos de páginas. Y, sin ponernos tan exagerados, un artículo de divulgación de Mario Bunge, “¿Qué es la ciencia?”, tiene unas 30. Por eso Bunge analiza más cosas que Rogers. Por ejemplo, en la página 20 explica que la ciencia es especializada. Cada ciencia tiene sus propios métodos, dentro del carácter general de la metodología. Así, para un físico la “autenticidad” de sus materiales no es problema, pero la historia y la arqueología ponen un énfasis especial en comenzar los estudios de un objeto cualquiera garantizando su autenticidad. No basta con que venga un anticuario, nos venda un busto de Cleopatra y nos diga que le da en la nariz que es auténtico. El historiador se preguntará acerca de su origen, y hasta que no esté seguro no empezará a investigar sus componentes, su estilo o cualquier otra cosa que le interese. Sin embargo, la “sindonología” es una ciencia especial. En su metodología especial este tipo de cosas son superfluas. Para nada hay que garantizar la proveniencia de los objetos que investigamos. Pecata minuta. Chorraditas.

Uno de los estudios estrella de la “sindonología” es el que publicó Raymond Rogers en una revista especializada, Thermochimica Acta, con comité de revisión (¡prosternaos, herejes!). Analizando varias hebras de hilo que se atribuían al lienzo de Turín, demostró “científicamente” que la muestra que se tomó para datarlo con el método del radiocarbono en 1988, datación de la que resultó ser de mediados del siglo XIV más o menos, estaba contaminada por remiendos modernos. Y que, por tanto, la datación era inválida. Científicamente demostrado… con los métodos de la ciencia “sindonológica”. Según estos métodos, preocuparse por si el objeto que uno está estudiando es auténtico o no son tonterías y quien lo pone en cuestión es que va de mala fe. Yo creo que un poco de mala fe, sólo un poco, debería ser parte del método para analizar las propias opiniones y ayuda a no meter la pata. A Rogers le faltó ese punto de mala fe.

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En primer lugar, cuenta que trabajó con algunos hilos que él guardaba de los que quedaron adheridos a unas cintas adhesivas, especialmente diseñadas para los trabajos con el lienzo que realizó en 1976 el STURP (una sociedad de “sindonólogos” ya disuelta). No sabemos muy bien cómo han sido conservados ni cuál es su estado después de casi cuarenta años. A veces las condiciones de almacenaje de una pieza de tejido antiguo son destructivas. Pero al menos sabemos de dónde venían los hilos. Algo es algo.

En segundo lugar, -y ahora la cosa empieza a complicarse-, Rogers dice que recibió de un asesor científico del arzobispado turinés, Luigi Gonella, unas hebras procedentes de la muestra llamada “Raes”. Gilbert Raes fue un experto textil al que se le concedió un pedazo del lienzo para que hiciera unas pruebas en 1973. Con estos hilos las cosas ya no están tan claras. Raes devolvió todas las muestras una vez acabadas sus experiencias. Y, lo que es peor, la comisión que examinó el lienzo para hacer la prueba de radiocarbono en 1988 desechó los restos de Raes porque se encontraban en mal estado. Así que Rogers trabajó con unos hilos que, en el mejor de los casos, estaban estropeados.

Pero, en tercer lugar, la cosa pinta mucho peor con los hilos de la muestra provenientes de la datación de 1988, que, según Rogers, eran semejantes a la muestra Raes, pero diferentes de los auténticos que él tenía. Porque años antes, el cardenal Custodio de la Sindone, Monseñor Saldarini, harto de que todo el mundo dijera tener muestras del tejido del lienzo, emitió un comunicado afirmando que sólo las muestras residuales que estaban en poder de la Iglesia eran auténticas y conminó a los que pretendían tener alguna a devolverla. Nadie lo hizo, que se sepa. Pero hete aquí que Rogers dice que el asesor científico del Cardenal, il Signore Gonella, contraviniendo la orden de su superior, le da el tejido prohibido. Naturalmente, Gonella no ratificó nunca las afirmaciones de Rogers. Pero, para peor todavía, resulta que Rogers da al menos tres versiones diferentes de la entrega. Según la primera, que es la que figura en su artículo de Thermochimica Acta, Gonella le dio las muestras a él (o al menos así se sugiere). Según la segunda, publicada por él mismo en “Ghiberti’s pronouncement of my analises”, Gonella se la dio a una sociedad sindonista que se la dio a él. Y según la tercera, en un correo que envió en 2005 a Antonio Lombatti, dice que Gonella se la dio a una persona, que se la dio a otra (desautorizada expresamente por la Santa Sede), que se la dio a la sociedad sindonista, que se la dio a él. Todo claro.

En fin, corramos un piadoso velo sobre toda esta serie de contradicciones y digamos que Mr. Rogers estaba algo confuso sobre la proveniencia de las muestras que estaba analizando. Naturalmente eso habría bastado para que cualquier historiador serio hubiera desistido en su trabajo. No un “sindonólogo”. Porque, como acabamos de ver, la “sindonología” es una ciencia especial con métodos especiales. Sin lugar a dudas.

Continuará.

David Mo.

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